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No fue un temblorcito suave de esos que te hacen dudar si te mareaste o si pasó un camión pesado por la calle 25; fue un trancazo seco, profundo, un bramido visceral que pareció salir del centro mismo de la tierra.

11 de agosto del 2026

Qué cimbronazo tan berraco. Ayer el suelo colombiano nos recordó, sin ningún tipo de anestesia, la inmensa fragilidad sobre la que levantamos nuestra rutina diaria. Eran pasadas las siete y media de la mañana del lunes 10 de agosto cuando la aparente calma de la redacción se rompió en mil pedazos. No fue un temblorcito suave de esos que te hacen dudar si te mareaste o si pasó un camión pesado por la calle 25; fue un trancazo seco, profundo, un bramido visceral que pareció salir del centro mismo de la tierra.

Un terremoto de magnitud 7,4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, acababa de sacudir violentamente el centro y occidente de Colombia. Pero en ese primer instante, sin datos técnicos ni números oficiales en la mano, lo único que existía era el instinto puro de supervivencia.

Primero se escuchó un crujido metálico aterrador que hizo vibrar hasta los cimientos los ventanales del edificio. En cuestión de tres segundos, los monitores comenzaron a bailar un bambuco frenético sobre los escritorios y el café terminó estampado contra el teclado. «¡Está temblando durísimo, hágale pa’ fuera!», gritó un fotógrafo desde el fondo del pasillo, mientras la estructura del techo crujía como si fuera a ceder de un momento a otro. Las lámparas pendulaban salvajemente.

Bajar por la escalera, sintiendo cómo los muros de concreto temblaban y crujían bajo nuestros pies, se vivió como una eternidad suspendida en la penumbra. Al salir a la calle, el panorama en el centro de Cali era de pura zozobra. La gente brotaba atropelladamente de los locales comerciales y de las torres de oficinas: secretarias en tacones respirando agitadas, vendedores ambulantes intentando proteger sus puestos y conductores paralizados observando estupefactos cómo las copas de los árboles se sacudían violentamente contra el cielo.

Las calles de Cali quedaron paralizadas bajo un sol implacable y un murmullo colectivo de angustia. Redes saturadas, llamadas caídas y el afán desesperado de todo el mundo mirando la pantalla del celular, intentando enviar un mensaje de WhatsApp que no salía para confirmar que la familia estuviera a salvo en San Fernando, en Valle del Lili o arriba en Terrón Colorado.

Sin embargo, a medida que los minutos transcurrían y las líneas de comunicación empezaron a restablecerse a cuentagotas, la magnitud real de la tragedia nacional comenzó a vislumbrarse. No sólo Cali, sino otras regiones del país vivían una verdadera catástrofe humanitaria.

Los reportes oficiales confirmaban la dimensión de la tragedia, alcanzando con severidad igualmente a Pereira, Manizales, Armenia, Quibdó y la zona del epicentro, entre otros pueblos de la región. Al menos 132 colombianos han perdido la vida y más de 570 resultaron heridos, mientras cientos de miembros de los organismos de socorro continúan removiendo escombros en una carrera contra el tiempo para localizar personas atrapadas y desaparecidas.

Pasadas las horas, con el suelo firme otra vez bajo nuestros pies pero la sombra de la tragedia marcando la jornada, emergió esa solidaridad mestiza y firme de nuestra gente: el desconocido en la calle ofreciendo un vaso de agua a quien hiperventilaba, vecinos compartiendo señal para llamadas de emergencia, y las brigadas que en Cali ya se organizaban para ayudar a los más damnificados.

El luto es nacional y el temblor en el alma no nos lo quita nadie. Cali ya intenta retomar su pulso habitual entre sirenas y miradas desconcertadas. La energía eléctrica y el agua se han ido restituyendo, y tan pronto pudimos, nos lanzamos al computador para informar a la comunidad.

Por lo pronto, la historia recogerá el comentario de cada esquina y el rumor de la vecindad: ¡Qué cimbronazo tan berraco el que nos pegó la tierra!